Por: Emiliana Rivanera Sánchez, alumna del Máster en Periodismo de Viajes presencial 2026
Tras más de una década recorriendo el mundo, a dedo y sobre ruedas, Lorena del Pardo descubrió que la bicicleta no era solo un medio de transporte, sino también una herramienta para reconstruirse. De Argentina a México, de Francia a Noruega y de Kenia a Sudáfrica, su viaje es una búsqueda de identidad.
Lorena tiene 35 años y nació en San Pedro, en la provincia de Buenos Aires, pero hace tiempo que su hogar es el movimiento. Mientras intenta domar el funcionamiento de un ventilador japonés, le pregunto por el inicio de ese camino: el momento en el que salir al mundo dejó de ser una idea y se convirtió en una decisión concreta.
—La idea era irme seis meses a Brasil a trabajar y probar suerte. Era eso o vivir sola, y vivir sola me salía más caro que irme a Brasil. Así que me fui… y terminé viajando dos años y medio —cuenta sobre aquel viaje que la llevó a recorrer a dedo desde Argentina hasta México.
La bicicleta entró en su vida años después, en Bali y en plena pandemia. Se había quedado sin licencia de conducir y la imposibilidad de renovarla la dejó varada.
—No podía alquilar una moto, así que decidí comprarme una bicicleta para tener la libertad que necesitaba. Si no, tenía que depender siempre de alguien más.
Le pregunto entonces por las principales diferencias que sintió viajando a dedo y en bicicleta.
—A dedo nos dejaban en un punto y había que resolver caminando. Había una libertad que no tenías cuando dependías de otros. En Colombia nos pasó de estar tres días viajando con el mismo camionero, entre paradas y demás, y pensaba: «Che, ¿en qué momento este camionero nos suelta? ¿O cuándo vamos a llegar?». La bici me dio la oportunidad de vivir el viaje de otra forma: no era el destino lo que me importaba, era el camino. Mi intención no era pedalear de sol a sol ni tener una cantidad fija de kilómetros por día. El camino arranca cuando vos te levantás y cuando llegás, no solo cuando llegaste, ¿viste? Como el «aquí y ahora» que te venden. En la bicicleta es real: el aquí y ahora es lo que tenés. Sentís los olores, ves cómo está vestida la gente, sentís el saludo. Vas a un ritmo humano. Ves un nene, frenás y ese nene sigue ahí. Estás totalmente consciente y presente.
Esa libertad que le dio la bici años después se convirtió también en una necesidad emocional. En su libro Sobre ruedas y recuerdos, Lorena nos lleva a través de su viaje de seis meses desde Francia a Noruega, una travesía que emprendió tras la muerte de su expareja. Ella misma describe ese camino como «pedalear a través del duelo», una forma de reconstruirse pieza por pieza.
—Ese viaje fue volver a encontrarme. Di más de lo que creía que tenía. La bici me permitió llegar a un punto en el que dije: «Che, yo sí soy esto. Yo sí puedo». La bicicleta me permitió entender que esa fuerza que necesitaba estaba en mí, pero no me sentía capaz de verla.
África: una mirada humana

Portada de Sobre ruedas y recuerdos, el primer libro de la cicloviajera
Las palabras de Lorena no siempre fluyeron con la misma facilidad que en esta entrevista. Me cuenta que empezó a escribir porque «estaba muda», y el dolor era desesperante. En su libro, tan íntimo y cercano ese proceso aparece con claridad
—El libro no era un proyecto que tenía desde antes. Durante el viaje, la escritura se volvió una especie de orden para mí, de poder poner en palabras lo que mi cuerpo aún estaba procesando. Incluso pasaron años en los que no me planteé publicarlo. En un momento, mi terapeuta me dijo: «¿No creés que podrías convertir esto en un libro?». Y yo dije que no. No quería que la gente me viera con cara de lástima, como diciendo «pobre piba». No quería que me vieran así porque esa era mi propia mirada hacia mí misma: una pobre piba que me daba lástima, ¿entendés? Eran pensamientos muy íntimos los que se me cruzaron… Yo no quería que la gente creyera que había querido morirme. Yo no me quería morir. Era la lucha del «cómo sobrevivo». Yo quería mi vida: la que ya tenía se había cortado y arrancaba una nueva.
Recién después de seis meses recorriendo África oriental hasta el sur del continente pudo mirarse distinto y entender que su testimonio podía ayudar a otros. Y decidió publicarlo. Le pregunto por ese viaje, por los miedos con los que partió y los que dejó en el camino, sabiendo el prejuicio que erróneamente suele tener África.
—El peligro de África se vende como algo distinto, pero es el mismo peligro que en Argentina o en otros países. Está vendido como si fuera lo peor del universo, pero es muy parecido a muchos lugares por los que pasé. Creo que me da más miedo mi ciudad que haber estado en África. Fui con el desconocimiento de «¿qué me voy a encontrar?». A los animales no les tuve miedo, al contrario. Cero miedo. Prefería dormir con un león que cruzarme con una persona. Mi miedo estaba distorsionado: dormía con un hipopótamo afuera y estaba relajada, pero se me acercaba una persona y transpiraba todo.
—Fui muy inconsciente, pero si pensás mucho en el miedo, no vas.
La vulnerabilidad fue real en Uganda, donde el machismo la hizo sentirse «un extraterrestre». Sin embargo, en Botsuana, el viaje le mostró su mejor cara:
—Gente que tiene menos que uno y te invita a comer de su olla, eso es lo que yo llamo comunidad. Me recibían, me abrazaban como a una más. Eso es algo que sentí en todos los países africanos que visité, una humanidad que traspasó lo que yo conocía. Como piensan en el otro, cómo miran al otro. Me pasó un día que terminé en un hotel porque se me había roto la bici, y les pregunté si podía tirar la carpa y dormir allí. Me querían cobrar súper caro, así que me iba yendo diciéndole que no me alcanzaba. A los minutos me prepararon una habitación, me dieron de cenar y de desayunar. Y no me pidieron ni un centavo a cambio. África me enseñó que la humanidad no depende de lo que uno tiene.
La recompensa del camino

Retrato ilustrado de Lorena generado con la ayuda de la inteligencia artificial a partir de una captura de la entrevista.
Entre anécdotas de cómo aprendió a darle paso a los elefantes mientras pedaleaba, y toda la belleza con la que se fue cruzando, aparece el «Rolex». No es un reloj de lujo, sino un roll egg: una tortilla tipo fajita con omelette, tomate y cebolla, que se convirtió en su combustible sagrado. Un plato callejero muy popular, originario de Uganda.
—Era mi premio del día: saber que después de tanto pedalear iba a llegar y a comerme un Rolex.
El cambio desde su kilómetro cero hasta hoy
Hoy, con una cadenita del continente africano brillando sobre su remera negra, Lorena ya no es la misma persona que salió de San Pedro. Cuenta que aprendió a callar, a escuchar y sobre todo a viajar con intención. Su próximo libro sobre África ya está en camino y, al igual que su primer libro, no es un manual de autoayuda; no pretende salvar a nadie con sus vivencias, sino que muestra maneras de seguir.
—No les doy una respuesta sobre cómo seguir adelante. Les propongo que peleen, porque la vida es de cada uno.








