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Laura Martínez Alarcón: «El migrante acaba siendo extranjero en los dos mundos»

Por: Lucía Fernández, alumna del Máster en Periodismo de Viajes presencial 2026

Laura Martínez Alarcón ha pasado buena parte de su vida entre el periodismo, la literatura y los viajes. Trabajó durante décadas en radio, televisión y prensa en México y en 1996 recibió el Premio Nacional de Periodismo. Hace años que vive en Barcelona, donde continúa investigando y escribiendo mientras prepara el doctorado en Comunicación. En sus obras, los personajes a menudo se mueven entre países, memorias e identidades, como si cada historia fuera también un viaje.

Su trayectoria está marcada por los desplazamientos. Ha vivido entre México y España, viajando a la vez como periodista. ¿Recuerda cuándo empezó esa curiosidad por el mundo?

Empezó muy pronto. Mi padre era originario de Chiapas y desde muy pequeña viajábamos a menudo a Guatemala. Aquellos trayectos, que para un niño pueden parecer rutinarios, para mí eran una revelación: paisajes distintos, otros acentos y otras maneras de vivir.

Más adelante, el periodismo transformó esta curiosidad en una forma de vida. Viajar para cubrir historias es una experiencia muy distinta a la que un turista puede imaginar. Recuerdo, por ejemplo, cuando fui a Belice en el año 1981 para cubrir la guerra de independencia. Era muy joven y todavía no dominaba el inglés, pero aquella experiencia me enseñó que el mundo es mucho más complejo del que imaginamos desde casa.

También pasé temporadas en Costa Rica o en El Salvador, en momentos políticos intensos. Cuando eres periodista, viajar es entrar en la vida de los otros durante un tiempo breve, pero aprendes a mirar, a escuchar e intuir lo que esconden algunas palabras.

En uno de sus relatos aparece una frase que dice que “hay que tener valor para regresar a donde se juró nunca más volver”. Como periodista ha vivido entre países, culturas y etapas distintas de su vida. ¿Qué significa para usted la idea de regresar?

Emigrar implica un tipo de fractura. Cuando marchas de tu país, aunque lo hagas por amor, nuevas oportunidades o de manera forzosa, una parte de ti se queda allí.

Cuando llegué a España, no imaginaba que acabaría viviendo aquí durante tantos años. Pero la vida se construye con decisiones pequeñas: un trabajo, una relación o una ciudad que te va atrapando lentamente.

Cuando regreso a México, siento una alegría muy profunda, pero también una extraña sensación de desplazamiento. La familia ha cambiado, las tiendas han cerrado e incluso la memoria parece diferente. Aquella casa que recordabas ya no existe del mismo modo.

El migrante acaba siendo extranjero en los dos mundos. Pertenecemos a diversas ciudades y, a la vez, a ninguna.

Hoy viajar se ha convertido en una actividad masiva y el mundo parece más accesible que nunca. ¿Cómo cree que esto ha cambiado el sentido del viaje?

Cuando yo era joven, viajar era más lento y también más incierto. Había menos información y esto hacía que el viaje fuera una experiencia de exploración real.

Ahora el turismo a menudo solo busca la foto. La gente llega a una ciudad con una lista creada por la inteligencia artificial donde se recogen los sitios más “instagrameables” y reproduce exactamente la misma foto.

Ya nadie recorre las calles sin prisa, habla con la gente u observa los detalles pequeños que no salen en las guías. Es un viaje muy superficial.

Por otro lado, creo que todo el mundo, en cierta manera, ha cambiado su forma de viajar. Personalmente, ya no busco lugares exóticos porque desde internet puedo encontrar lo que estoy buscando.

“El turismo a menudo solo busca la foto”

En su novela El baúl de la República reconstruye el viaje del barco Sinaia, que llevó a cientos de exiliados republicanos españoles hacia México. A través de los diarios encontrados en un baúl, la historia conecta dos generaciones de mujeres separadas por el tiempo. ¿Por qué le interesaba explicar aquella historia en concreto?

Porque en México el exilio español forma parte de la memoria colectiva. Muchas personas que conocí eran migrantes y recordaban el viaje con una mezcla de tristeza y esperanza. Habían perdido su país, pero también comenzaban una vida nueva.

Quizás influyó porque yo misma vivo entre dos culturas. Cuando experimentas esa situación, aprendes a observar las diferencias con mucha más sensibilidad. Te das cuenta de que la identidad no es una cosa fija, sino un proceso que se transforma constantemente.

Su trayectoria combina periodismo y literatura. ¿Cómo se relacionan estos dos lenguajes en su manera de escribir?

El periodismo me ha enseñado a mirar la realidad con atención. Cuando entrevistas a alguien o cuando observas una situación concreta, entiendes que cada vida contiene una gran historia detrás. La literatura, en cambio, te permite explorar los silencios, las emociones o los espacios que no siempre aparecen en una noticia.

Por eso mismo me interesan tanto los relatos breves. En un instante muy pequeño —una conversación, una mirada, una decisión— se puede condensar toda una existencia. No me escondo cuando digo que también, dentro del mismo formato periodístico, utilizo la ficción para enfatizar algún hecho; supongo que es parte de mi corazón literario.       

Foto personal de la periodista

En el relato “Atrapado”, uno de los personajes vive rodeado de viajes, aeropuertos y conciertos, pero al mismo tiempo parece perseguido por los recuerdos. Hay una frase muy poderosa: “El recuerdo es vecino del remordimiento”. ¿Qué papel tiene la memoria en su escritura?

La memoria es esencial. De hecho, muchas veces escribimos para ordenar los recuerdos. Cuando recuerdas un lugar, una persona o una etapa de la vida, es como si volvieras de alguna manera. El pasado continúa viajando con nosotros.

Los viajes reales también dejan huella. Las ciudades que has conocido, las lenguas que has escuchado, las historias que has explicado… todo esto se queda dentro de ti y acaba apareciendo en los relatos.

Por eso digo a menudo que la memoria es una forma de viaje interior.

“El pasado continúa viajando con nosotros”

En algunas ocasiones ha citado al filósofo Byung-Chul Han y sus reflexiones sobre la esperanza. ¿Cree que la esperanza es el motor para el buen periodismo de viajes?

Sí, porque la esperanza es lo que nos pemite imaginar un futuro diferente.

No es exactamente optimismo. El optimismo puede ser ingenuo y más en estos tiempos cuando ciertos partidos políticos parecen retarnos a un pulso. La esperanza, en cambio, es una actitud: la convicción que merece la pena continuar andando aunque el camino sea incierto. Si lo pensamos bien, muchos de los grandes viajes de la historia han sido motivados por esta esperanza. Personas que atraviesan océanos, que abandonan su tierra o que empiezan una nueva vida en otro país.

Así pues, para Laura Martínez, el viaje es mucho más que desplazarse de un lugar a otro: es una manera de entender el mundo y los seres que lo habitan. Desde su experiencia como periodista de viajes y su migración a Barcelona, la escritora defiende una forma de viajar basada en la curiosidad y la humildad. En sus libros, como en su propia trayectoria vital, los desplazamientos se convierten en relatos de memoria, identidad y lucha, porque —como sugiere a menudo— todo viaje nos ayuda a comprender quiénes somos.