Por: Carlotta Zamoro, alumna del Máster en Periodismo de Viajes presencial 2025
Por más que uno lo haya vivido antes, la verbena de Sant Joan en Barcelona siempre consigue sorprender. Hay una electricidad particular en el ambiente, como si la ciudad entera estuviera a punto de estallar en luces, gritos y fuego. Este año decidí observarla desde la primera línea, entre la arena caliente y los cuerpos bailando sin tregua.
En la playa, un grupo de chicos se encarama a una pirámide de cuerdas. Algunos lo hacen con agilidad, otros con más miedo que equilibrio. Desde arriba, las dos chicas que coronan la estructura observan el cielo con la misma emoción que se tiene antes de una tormenta. Justo en ese momento, los fuegos artificiales revientan encima de ellas. No hay mejor inicio.
A lo lejos, el mar recoge los reflejos rojos y azules de otro estallido. El Hotel W, con su silueta reconocible, queda enmarcado bajo los fuegos, y la multitud que se agolpa en la arena empieza a grabar, a aplaudir, a gritar. Barcelona parece una coreografía de luces y móviles en alto.
De pronto, la atención baja a ras de suelo. Un petardo estalla junto a un grupo que bebe y ríe sentados en la arena. Las chispas vuelan sin aviso. En esta noche, la seguridad pasa a un segundo plano. Todos lo sabemos, pero lo aceptamos. Es San Juan.
Las bengalas se convierten en el juguete estrella. Dos chicos las encienden con cuidado, concentrados como si estuvieran en un ritual. Son las once de la noche y ya es imposible distinguir dónde empieza un grupo y dónde acaba otro.
La playa está en su punto álgido. Tiendas improvisadas, altavoces caseros, gente bailando sobre la arena y otras tumbadas como si el caos fuera parte del plan. En el cielo, siguen los fuegos. En el suelo, los cuerpos se mezclan como un mosaico.
A escasos metros, una ducha pública aún funciona. Una pierna se alarga bajo el chorro. El agua resbala con arena y pólvora. Detrás, otro estallido ilumina la escena. El contraste es notorio: limpieza y fuego conviviendo sin problema.
En el barrio, la fiesta se traslada a los balcones. En uno de ellos, tres personas alzan bengalas como si fueran trofeos. Se ríen, gritan, saludan a los de la calle. Desde arriba, todo parece más tranquilo, pero la energía es la misma.
Bajo ese mismo balcón, en las calles estrechas de la Barceloneta, las luces de las farolas compiten con las de los fuegos artificiales. Una pareja camina despacio, sin prisa. Al fondo, un estallido tiñe de rojo el cielo.
En la Avenida del Litoral, el tráfico sigue su curso como si no pasara nada. Algunos coches paran, otros siguen. Por encima de todos, un último fuego blanco y rojo cae con lentitud. La noche se está apagando.
Horas más tarde, la ciudad ya empieza a limpiarse. Una barrendera pasa cerca de un cilindro de cartón vacío. Broadway, dice la etiqueta. A su lado, manchas de pólvora y cera. Todo huele a ceniza y sal. Y aunque parezca que no ha pasado nada, todos sabemos que anoche, en esa playa, pasó todo.

















