Por: Constanza Cordovez, alumna del Máster en Periodismo de Viajes presencial 2026
Leni es una mujer jovial, menuda y delgada. No representa ni la edad ni la fuerza que tiene. Con sus 52 años parece de unos 10 años menos, a pesar de llevar más de dos décadas trabajando en el mar. Cuando se presenta bromea: «Leni. Suena igual que Lenny Kravitz». Parece el símil perfecto de su energía y jovialidad.
Su historia se forjó en el esfuerzo, criada en una familia de hombres en dos ciudades cruzadas por el Río de la Plata: Montevideo y Buenos Aires. Fue moldeada en una educación a la «antigua», donde no había mucho espacio para la vulnerabilidad. Pero lejos de quejarse, valora esa fuerza que le dio las herramientas para defenderse en la vida. «Me enseñaron a ver que puedo ser tan fuerte», asegura.
Poco después de los 30 años fue de las primeras mujeres en emplearse en la Marina de Uruguay. «Llegué por necesidad, por dinero… Partí trabajando en tierra y de a poco me interesó la idea de navegar». Como muchas madres, tenía que sostener sola la casa y sacar a flote a su hijo. Cuando lo cuenta, aclara que no lo dice como víctima: «Es lo que tocaba». Pero claro que no le tocó fácil. Tuvo que enfrentarse más de una vez al padre de su hijo —abogado— tanto física como judicialmente para asegurar su crianza.
Uno de los desafíos más difícil fue compatibilizar el trabajo en el mar con su maternidad: «Primero fue tener que dejar a mi hijo para ir a trabajar. No es lo mismo un trabajo en tierra que uno en el mar». Recuerda: «Pasábamos embarcados de 15 a 25 días con jornada de 14 a 16 horas, y, claro, no estás. Tenía que estar conectada al teléfono y dejarlo con mi madre, tías o niñeras. Eso te genera un estrés terrible». El costo emocional es algo que afrontar cuando el trabajo consiste en viajar: «Te aflora mucho la culpa… eso deja su huella. Como se lo dije a mi hijo siempre: hice lo que se podía, lo que no se podía, lo di todo, me muero tranquila», recalca.
El mar le enseñó a Leni muchas cosas, pero la mayor lección de vida fue la aceptación: «Te enseña a llevarte bien con vos misma. Estás rodeada de gente, pero estás sola. Es ahí en esa soledad que te enfrentas con todos los demonios y las cosas que uno viene evitando. Eso te pone a prueba… O te dejas vencer por esos demonios de tu corazón y tu alma o empiezas a negociar con ellos para que la convivencia sea pacífica para vivir en ese entorno».
Un mundo de hombres
«El mar ha sido siempre un mundo de hombres», replica. Sostener su maternidad no fue la única prueba que tuvo que pasar. Hubo otra más fuerte, la de simplemente ser mujer. La mayor dificultad era defender su foco profesional: «Hacerles entender a los hombres que hay mujeres que solo queremos trabajar para bancar el hogar».
Desde un principio tuvo que lidiar con un ambiente machista: «Al primer capitán que le pregunté sobre cómo entrar en la marina, me dijo: “Ya sabes lo que tienes que hacer para entrar”». Leni hacía oídos sordos, no se iba a dejar amilanar. Sabía que ese era el primero de muchos comentarios vulgares, humillantes y abusivos con los que tendría que convivir.
Leni deja entrever en sus palabras un resabio de amargura ante esas injusticias. Al mismo tiempo que se va empoderando, cuenta cómo fue que hizo frente a ese ambiente adverso: «El machismo estaba muy arraigado, no había ninguna consideración psicológica. Eso te va forjando. Te transformas en algo como ellos, o peor, para poder sobrevivir».
Con plena lucidez confiesa que ha tenido que ver su propia sombra para poder defenderse, pero insiste que no guarda resentimiento y lo aclara con un tono de quien ha hecho las paces con su pasado. Sabía que no todos los hombres eran así, pues también hizo amigos entrañables que hasta el día de hoy son su familia del mar.
Con viento fuerte
«Nada como una buena paliza de entrada para aprender rápido». Esa fue la frase de recibimiento cuando comenzó de azafata en el primer buque. Tuvo que hacer los 5 cursos previos a embarcar en la Organización Marítima de Altamar (OMI) que te dan la categoría de grumete o asistente de marinero.
Desde la perspectiva profesional, Leni tuvo oportunidades para seguir creciendo. De azafata de buque de pasajeros pasó a moza de la marina mercante. Los contratos son por períodos y tenía que postular constantemente, por lo que Leni pasó de navegar resolviendo múltiples problemas de los viajeros a barcos mercantes de carga con menos tripulación, donde ella era de las pocas mujeres a bordo.
Gracias a las recomendaciones de un amigo, ingresó a la escuela técnica para ampliar horizontes y tener otras especializaciones en manejo de buques, tanques de gas, petroleros y químicos, así como la seguridad de buques e instalaciones portuarias, manejo de incendios y cuidados médicos avanzados. «Fue así como también me certifiqué como la primera soldadora naval», cuenta con orgullo.
Gente de puente

Leni contenta en su última asignación en barco de grandes dimensiones.
Los oficiales de la marina mercante se componen por los de cubierta (puente) y de máquinas (motor). En la jerarquía, su máxima autoridad es el capitán, que trabaja con los oficiales en el piso más alto de la estructura central del navío. «La gente de puente son principalmente gente militar retirada, con una estructura de pensamiento y trabajo, que no acepta a la mujer en el rubro», relata.
Cada barco tiene su propia bandera y autonomía legal en el mar. La embarcación es, a la vez, un territorio con jurisdicción propia y una isla. Cuando hay problemas, peligros o emergencias se debe acudir a un Jefe de Seguridad (DPA).
En su último trabajo, Leni fue seleccionada para un barco carguero de grandes dimensiones, con flota internacional de 45 hombres, marineros de distintas nacionalidades. Los oficiales no solo ejercían un maltrato constante con ellas, sino también mucho racismo hacia la tripulación. «Yo y Romina, una chica de 26 años, encargada de cocina, éramos las únicas mujeres». Señala que, además, el resto de la tripulación dormía abajo y sus camarotes quedaron justo junto al de los oficiales.
El último barco
El fin de año del 2025 comenzó la verdadera pesadilla a bordo. Fueron cinco noches entre las celebraciones de Navidad y Año Nuevo. Relata: «Entre las fiestas, ya estábamos a los balazos arriba». No hubo disparos literalmente, pero sí amenazas con armas blancas y mucha violencia psicológica.
En el primer acoso, el capitán inventó excusas para que fuera a su camarote por una limpieza inexistente. Rememora: «Lo tenía encima mío y le advertí que estaba jugando con fuego».
La tensión estalló el día de Navidad. «Era tal la borrachera que el oficial empezó a arrinconar a Romina en la cocina y el capitán le preguntaba si quería comer con él, como si nada estuviera pasando. Ahí agarré el cuchillo por el mango y empecé a gritar. Todo esto en inglés. Imagina el miedo y la bronca. Al final entendían todo».
El asedio de los «lobos viejos»
Leni describe con énfasis: «El acoso del oficial a Romina era alevoso, animal, primitivo». La joven, paralizada por el miedo a perder su empleo, apenas podía reaccionar. Con Leni, el capitán jugaba a otra cosa: «Conmigo era diferente porque estábamos entre lobos viejos. El juego era de inteligencia y estrategia. Vio que yo no era una presa fácil, así que empezó con la manipulación psicológica. Como no podía quebrarme, le ganó lo instintivo».
Sabía que el acoso de poder siempre gana cuando se ve el miedo de la presa y, como ya tenía acumulada experiencia, sabía que podía resistir: «Yo ya venía cansada de estas situaciones, ya sabía qué tenía que hacer y sabía cómo iba a terminar: nunca a favor de quien denuncia».
Fiestas del terror
Esos cinco días se hicieron eternos. Ellas tenían que continuar trabajando como sus empleadas. «De día había que cumplir el horario de trabajo. Siempre juntas, dormíamos en el mismo camarote. En la noche nos trataban de forcejear y patear la puerta», recuerda con temor. «Un día nos dejaron marcas de cuchillo en los respaldos de las camas y también hicieron una requisa para tratar de ponernos algo en el camarote e inculparnos». Pero Leni salió corriendo con Romina y se atrincheraron en el camarote, evitándolo.
En ese momento, están completamente aisladas, casi sin señal para comunicarse, no tienen dónde escapar. Leni toma fotos, graba videos y audios, registra y le manda informe de todo a sus superiores en tierra, con copia a familiares y abogados. «La mujer encargada de la empresa desestimó todo el tiempo lo que yo decía y los defendía a ellos. Una mujer… imagínate», repite incrédula. A fuerza de presiones y tensión, consiguieron que el oficial de ADP llegara y les mandaron la lancha de rescate.
Una de muchos
En marzo, junto a su abogado, llegaron a un acuerdo con la naviera, pero ante posibles represalias Leni salió de Uruguay y llegó a España en condición de refugiada. La presión de las pruebas surtió efecto. Pero más allá de lo legal, ella quiere que a nadie más le toque vivir lo mismo. «Tras esto, mujeres me empezaron a escribir. Y también cinco hombres me llamaron para confesarme que ellos también habían sido violados en el mar y nunca se atrevieron a denunciar», dice con desilusión. Pero reconoce con esperanza que las cosas estân cambiando: «Después de este caso se hizo obligatorio que la tripulación se forme bajo el protocolo contra el abuso para las tripulaciones en las navieras».








