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Una ‘torre’ de historias. Aventuras de cinco habitantes que llegaron de lejos

Su nombre es Torredembarra. Pero sus habitantes y vecinos la llaman: La Torre. Este municipio de la provincia de Tarragona (Cataluña), cuenta con unos 18.000 habitantes que dan forma a una villa que combina el encanto de un pueblo y la comodidad de un enclave estratégico. Aderezada por un clima propio del Mediterráneo, sus playas hacen que cada año más de 60.000 personas lleguen en la temporada estival. Kilómetros de playas cautivadoras murmullan a lo lejos y entre sus calles un lugar que ha sabido amalgamar pasado, presente, futuro, tradición y modernidad. Para unos, el mejor hogar. Para otros, una colección de tesoros patrimoniales, paisajísticos y gastronómicos.

En su núcleo urbano, se erige un imponente castillo que hoy es el ayuntamiento. Es necesario detenerse para contemplarlo. ¿Por qué? Entre sus losas y piedras macizas emerge el único edificio civil de nueva planta del Renacimiento catalán que pervive en Cataluña. Construido a inicios del siglo XVII articula un casco histórico que sostiene el encanto de las antiguas villas del litoral. El hechizo del pasado conecta con zonas urbanizadas por el crecimiento turístico de la región. Alrededor del castillo, las calles “Ample”, “Baix de Sant Pere”, “Eduard Benot” y “Carnisseria”, conectan el municipio con una historia que rememora historias de negocios de indianos, un boom urbanístico y unas inversiones inmobiliarias que dieron forman a edificaciones que van desde el estilo barroco al modernista. Torredembarra esconde leyendas y secretos aderezados por la brisa del mar y un sosiego que cautiva a lugareños y foráneos.

Este reportaje reúne 5 historias anónimas que vienen desde lo lejano: Argentina, China, Inglaterra, Polonia, Marruecos. Son solo una colección de retales de vidas que comparten un denominador con común: llegaron por diferentes razones, en diferentes momentos y con diferentes expectativas. Pero en todos los casos “La Torre” les cautivó. Hoy la han convertido en su lugar. Esto es: en su casa. O para ser más exactos en eso que tanto valor posee y que es tan difícil, en ocasiones, de edificar: un hogar. Este es un viaje por la historia y la intrahistoria de un grupo de personas que han decidido quedarse. Y que si alguna vez han de irse saben que tendrán que volver.

Pablo Damián Zarza

El superhéroe de lo cotidiano

Pablo derrocha energía. Quiere explicar cosas, quiere aprender cosas y, por encima de todo, le encanta compartir, enseñar y ayudar “de”, “desde” y “sobre” todas las cosas. Este profesor de Educación Física, formado en técnicas avanzadas de salvamento acuático y primeros auxilios, acumula una larga experiencia –“son muchas horas, muchísimas” – impartiendo clases, entrenamientos personalizados y rutinas para mejorar la salud. Además, desde hace unos meses, se dedica a hacer “chapuzas”. Esto es: arregla, repara y desempeña todo tipo de trabajos de albañilería, carpintería o, como él dice, “lo que se tercie”. Torredembarra es el cuartel general, la atalaya, el refugio de este superhéroe de lo cotidiano. Nunca pierde la sonrisa. Nunca desfallece. “Nosotros, si estamos aquí, en este viaje que es la vida, es para aprender, enseñar y ayudar”.

Este vecino de la vila tarraconense valora los “lujos cotidianos” de un municipio donde todavía es posible saborear la brisa del mar o caminar en silencio por calles adoquinadas. En sus paseos suele recordar su largo “viaje”. Una aventura y una historia de vida y de superación que comenzó en Argentina. Allí se formó en socorrismo y primeros auxilios. Y allí practicó durante varios años. Luego llegó a España. Primero, se instaló en el Sur. Coordinó puestos en la playa. Era 2022. Trabajó en Marbella. Se desempeñó como socorrista en diferentes urbanizaciones. Venía por temporada estival y luego regresaba a Argentina. Aterrizaba en nuestro verano. Volvía al verano austral. Le esperaban las piscinas más grandes de toda América Latina. La gente le apreciaba, los turistas lo saludaban como quien saluda a un “amigo”. Era querido. Se hacía querer. Como apuntó la periodista Neborah Norville, cuando eres fiel a ti mismo en lo que haces, cosas fascinantes te ocurren. Y ocurrió… Asegura que, haciendo un triatlón, vio una sirena en el agua. ¡No puede ser!, le digo. Ríe y me sigue contando anécdotas y peripecias. Guarda en su memoria todo tipo de rescates, algunos incluso que devolvieron la vida a más de un turista errante y moribundo.

Llegó a Torredembarra hace unos años. “Teníamos ganas de instalarnos en España, aunque allí, en Argentina, estábamos bien”. Pidió tres meses de licencia. Nunca volvió. Se quedó. Hoy habla de Torredembarra como quien explica su casa, su “lugar”. Pero este superhéroe de lo habitual, de lo cercano, sabe que está ligado a la palabra aventura. “Llegué aquí por una sucesión de casualidades. El amigo de un amigo… Y aquí sigo, encantado”. Le ofrecieron trabajo. Fue a ver el lugar. Recuerda que, por un tiempo, ocupó una habitación en la calle Argentina de Tarragona. Se consiguió una bici de montaña. Iba de Tarragona a Torredembarra en bici. Cada día. Empezó a ejercer de socorrista. Trabajó el mes de agosto y un poco más. Le quedó la puerta abierta para regresar. Quería regresar. Y regresó. Consiguió una casa. “Encontré a una chica uruguaya que dejaba su apartamento. Fuimos a visitarla. Estaba a 100 metros de la playa. Nos enamoramos del lugar. Y aquí seguimos”. Luego rescató a una perra, a la que llamó Roma, y hoy la muestra, en fotos y en videos, como una integrante crucial en su familia y en su día a día. Su pareja Sabrina fue, ha sido y es una pieza clave en su aventura vital y en su llegada a España. “Ella fue la lleva y hoy es argumento y porqué”, cuenta con orgullo.

Me habla de dos libros: Muchas vidas, muchos maestros. En sus páginas Brian L. Weiss afirma que “no hay casualidades en la vida, solo conexiones que aún no hemos comprendido”. Pablo lo cree así. Le gusta caminar cerca del mar. Pensar despacio. Mejorar y crecer como persona. Le ayuda la naturaleza y el ruido de las olas. Y sabe que, en ese sentido, Torredembarra es un lugar privilegiado. “Soy el mayor de cinco hermanos”. “Nunca pasamos hambre. Tuve una infancia perfecta”. Luego guarda silencio. Aguarda pensativo. Y menciona otro de sus libros preferidos: La muerte de un amanecer. En esta obra, Elisabeth Kübler-Ross apunta que “debemos aceptar con humildad que haya millones de cosas que no entendemos todavía, pero esto no quiere decir que solo por el hecho de no comprenderlas no existan o no sean realidades”. Luego me explica. Su rostro, momentáneamente, entristece. Me cuenta que su hermana tuvo problemas de salud. “Murió a los 27 años, pocos días después de haber celebrado su cumpleaños”, concreta. Este episodio cambió su vida. Su rostro compungido recupera la sonrisa. Ese día me juré algo: “voy a ayudar a la gente para que sepan reaccionar ante accidentes en sus casas”. Y lo hizo.

La vida de Pablo es como una fuerza bruta, como una energía que sana. Durante años, cada día se levantaba a las 8 de la mañana. Paseaba a su perra. A las 8:45 iniciaba sus clases de aquagym. Así, todas las mañanas. Enseñar, enseñar y enseñar. “Me encanta”, asegura. Volvía a casa para almorzar. A las 3 de la tarde comenzaba, de nuevo, sus clases hasta las 9 de la noche. Regresaba para sacar a pasear a su perra. Y cada jornada, de lunes a domingo, un mantra o un mismo ejercicio vital: creer en la gente y contribuir a que su ciudad rezume una mejor energía.

Sus lugares preferidos de Torredembarra son el casco histórico y las playas. “Me conoce mucha gente. Todos me apoyaron cuando llegué”, me cuenta emocionado. Valora mucho la tranquilidad del entorno. Todo está cerca. Nada está lejos. El deporte es insoslayable. Lo necesita. Unos 8 kilómetros de trote, varios kilómetros de natación… Hoy día, convertido en “manitas”, lo arregla todo. Se interesa por todo. “Mi madre era arquitecta; mi padre es maestro mayor de obras”, comenta. Y añade: “Cualquier persona con ganas, puede aprender”. Este entrenador es un gran contador de historias y, por ende, un gran motivador. “Averiguo todo”, añade. “Ese es mi secreto”, confiesa. El secreto de un ser humano enamorado de Batman. “Para los niños soy este héroe murciélago”. Lo lleva tatuado en su cuerpo, luce en sus clases un albornoz, un móvil o una camiseta con sus colores… No hay héroe sin heroína. Este rol lo encarna su pareja, Sabrina. “Sin ella, nada; con ella, todo”. Al acabar esta entrevista, me cuenta emocionado que comenzará en breve como coordinador en las playas de Torre. Después, se marcha en su moto, reviso las notas y tras releer su historia, una frase del héroe de la mítica ciudad de Gothan resuena como el resumen de una vida y de un personaje: “Nuestra mayor gloria no consiste en no caer nunca… sino en caer y levantarnos constantemente”.

Siyi Chen

Un lugar llamado ‘familia’

Su nombre significa “bonita, tranquila y pensativa”. Tiene 22 años. Nació en China. Viajó a Cataluña con 8 años. Aquí creció. Escuela, instituto y universidad… Está acabando el grado de Educación Infantil en Tarragona. Cuenta su vida en Torredembarra con ilusión y detalles. “Aquí vivo. Aquí vivimos. Mi familia construyó aquí un proyecto de unión y felicidad”. Lleva unos 12 años en España. Primero estuvo en Cambrils. Luego llegó al lugar de “La Torre”. “Me encanta esa construcción”, confiesa risueña.

Un proverbio chino reza: “haz feliz a aquellos que estén cerca, y aquellos que estén lejos vendrán”. Siyi reconoce que su vida ha sido un viaje repleto de cambios. “Yo nací en China. Con 8 años aterricé aquí. Mi padre llegó antes. Cuando se instaló fue viniendo el resto de la familia”. Mientras tanto, vivía con sus abuelos. Recuerda pocos detalles de aquel viaje de llegada a Cataluña, pero explica que cuando arribó su hermana ya tenía dos años y su hermano 8 meses. Sus progenitores decidieron abrir un negocio en “Torre”. Cambiaron de ciudad. Abandonaron Cambrils. Tocaba comenzar de nuevo. Construir desde cero. Adaptarse a un nuevo entorno. Inauguraron un bar-restaurante. “Hay comida china, tapas y platos combinados» –comenta orgullosa–. Y añade: “Mi padre lleva muchos años trabajando en comida china. Él es el cocinero”. Y luego matiza con contundencia: “La comida china que se prepara aquí es muy diferente a la de China”.

Sus recuerdos de Torredembarra están ligados a una etapa vital de gran peso en su vida. A sus 17 años se trasladó para cursar los estudios de Bachillerato. La mayoría de sus amistades residían en Cambrils. Tuvo que generar nuevas redes a partir de la escuela de música, los clientes del bar y conocidos de sus padres. Este municipio de Tarragona le ha ofrecido oportunidades y momentos de paz, calma y sosiego. Pero, en su memoria, aparece también con frecuencia China. Viajó en dos ocasiones a su país natal. En 2016 por vacaciones de Navidad. Y en 2018 cuando su abuelo estaba enfermo. “Murió estando nosotros allí”, relata. “Se acordaba de mí”, añade con melancolía. “Vino a visitarnos. Estuvo un mes. No entendía nada. Todos teníamos faena. Mis padres tenían un bazar. Se encontraba muy solo”, cierra taciturna.

Siyi destaca por su diligencia y estímulo: está finalizando sus estudios universitarios, asiste semanalmente a clases de piano y pasa horas y horas ayudando en el negocio familiar. Pero su “camino” es la educación. Esta vocación emergió primero por influencia de su hermano pequeño. “Mi madre sufre mucho por su educación”, comenta riendo. Más tarde se interesó por las edades más tempranas, porque, como ella apunta, “es cuando puedes corregir más aspectos”. Ahora, a punto de finalizar sus estudios, reconoce que se mueve entre muchos interrogantes. Le gustaría viajar, conocer el mundo, pero seguir conectada a Torre. “Aquí está mi familia, mi casa, mi gente…”.

De Torre, le gusta la playa y el paisaje natural. “El ambiente no agobia”. Desde pequeña siempre se interesó por China, pero su madre le dice que no se adaptaría. “Allí todo es muy grande y muy rápido”, apunta entre risas. Cree que en Torre no hay muchos chinos. “La mayoría los conocemos, apunta. Especialmente, mi madre. Es como la alcaldesa de todos los chinos de Torredembarra”. Esta joven soñadora, amante de los libros de psicología y espectadora obligada –por la edad de sus hermanos– de películas infantiles, tararea a menudo la canción “Summer” de un vocalista asiático. El 98% de la música que escucha es china. Con ese ronroneo musical, pasea por los alrededores de “La Torre” del municipio. “Es un lugar muy especial”, dice. “Es mi lugar preferido”, añade. Luego explica orgullosa que habla chino, español y catalán. Y acaba confesando que, este lugar donde vive desde hace años, podría condensarse en una solo palabra: familia. “Aquí todos se conocen”, concluye.

Peter Liddell

El pintor que escucha las olas

Peter rompe cualquier cliché ligado a las islas británicas. Es divertido, alegre, jovial y, seguramente, muy “mediterráneo”. Este inglés, nacido en Londres, pasa sus días en Torre paseando, pintando y coleccionado recuerdos y experiencias. Nacido en 1951, con menos de un año se trasladó a un pueblo del norte de Inglaterra. Luego, a otro cerca de Middleslbrough. Y después, como muchos jóvenes de su país, salió de casa para ir a la universidad. “En aquel entonces la universidad era gratis y tenía muchas becas”, detalla. Cursó los estudios de Lengua y literatura inglesa e historia europea. En 1988 viajó a España. “Era la época de Thatcher. Tenía tres trabajos para sobrevivir. Trabajos mal pagados. Una relación sentimental fallida mi dio el empujón. Vi aquí casi sin nada y aquí –dice entre risas– mi vida cambió para siempre». Un año después conoció a su actual mujer. “Era una catalana que vivía en Barcelona. La conocí en una fiesta. Y era la más hermosa del lugar”, vuelve a reír. Y añade: “Se llama María José, seguimos juntos y muy enamorados”.

Tras relatar cómo le robó el teléfono de su actual esposa a un amigo, explica que durante años vivió en Barcelona. Al principio fue profesor de inglés. Luego lo combinó con traducciones. María José era secretaria de dirección. “En algún momento lo dejó y fue a la universidad y estudió idiomas. Al final, montamos una agencia de traducciones y trabajamos juntos”, relata.

En 2010 se trasladaron a Torredembarra. El motivo: habían comprado una casa. “Buscamos una vivienda en una zona de veraneo entre Altafulla y Torredembarra”. No le entra en la cabeza regresar a Inglaterra. “Estamos bien aquí”, me dice. “Hay muchos motivos para disfrutar de la vida”, añade. “El aire es más limpio”, sentencia.

Barcelona también le gusta. Ingleses, me dice, hay pocos “por suerte” que vivan aquí todo el año. “A los que viven fuera de Inglaterra se les llama “expat”, es decir, expatriados. Y yo… los suelo evitar”, comenta riendo.

Hace unos años, Peter comenzó a pintar cuadros con óleo. Su día a día lo dedica a esta afición. Mientras la pintura se seca y las ideas emergen, se toma un respiro. Camina por Torre (“El gimnasio lo odio, no voy nunca”, me dice). “No salimos mucho. La tranquilidad de aquí es un regalo. La disfrutamos”. En sus pinturas incluye todo tipo de motivos, pero destacan los paisajes costeros, las playas cercanas, castellers y algunos retratos. “Tengo algún retrato de mi mujer, pero siempre se queja de que es más guapa”, bromea.

Le queda poca familia: un hermano en EE.UU. y dos sobrinos que viven en Inglaterra. Sus padres fallecieron. En suelo inglés, viven algunos amigos. Pero, en los últimos años, cada vez ha ido menos. “Con el tiempo las distancias crecen”, me dice. Y añade: “Hoy Facebook les acerca, pero no es lo mismo”. Este verano irán. La primera vez en 10 años. Pero su resguardo y su rincón de paz y remanso está junto a las olas y la arena de la playa de Torre.

Su pintor preferido es Ramon Casas i Carbó. Este artista, nacido en Barcelona en 1986, destacó por sus retratos de los circulos intelectuales, las élites económicas y las personalidades políticas de Barcelona, París o Madrid. Me gusta su estilo y su manera de representar. Peter me escribe días después de nuestra entrevista y me cuenta con emoción que la familia Casas era de Torredembarra, así como la del multifacético Pere Romeu, que trabajó en el célebre “Els Quatre Gats”, que nació en Torre en 1862. Me cuenta que los dos fueron amigos de la juventud e incluso veranearon en el municipio tarraconense. En 2016, con motivo del 150 aniversario de Casas, se organizó una visita guiada por Torre. Peter participó en el recorrido. “El itinerario y el relato fue tan fascinante y tan interesante que me enamoré del pueblo y de su historia”, me detalla. Desde aquel momento, reconoce que ha sentido un vínculo muy fuerte con este pueblo y un gran interés en su historia.

Ewa Hojna

El viaje del amor

Nació en 1974 en Polonia. Allí creció. Pero decidió abandonar su país natal. Llegó Torredembarra en diciembre de 2002. El motivo: el amor. El causante: un joven catalán de Barcelona. Hoy forman una familia feliz a orillas de un Mediterráneo que les tiene cautivados. Ewa Hojna es activa, extrovertida y muy afable. Irradia una felicidad tan sincera como contagiosa. Me invita a viajar a sus recuerdos y me cuenta que al tomar la decisión de abandonar su tierra no reflexionó mucho. “Cada persona que cambia su residencia ha de pasar unas fronteras: políticas, pero también otras que viven en el interior”, me explica. Pero su particular historia de amor no nació ni en España ni en Polonia. Conoció a su pareja cuando era estudiante y participaba en un campo de trabajo. Fue en 1997 en República Checa. Recuerda aquel verano de forma especial. Luego ese amor estival se convertiría en un sólido proyecto de vida que hoy consolida sus raíces bajo la brisa marina que acaricia a Torredembarra.

Había un catálogo de lugares. Solo podía ir una persona de cada país. Ella había escogido como primera opción Bulgaria. Pero no fue posible. Viajo al territorio checo para ayudar a personas que habían sufrido las consecuencias devastadoras de unas fuertes inundaciones. La idea era recuperar el pueblo. “Ayudando a otros te ayudas a ti”, me dice feliz y orgullosa. Y añade: “Mi inglés no era muy bueno. Mi amiga estudiaba italiano. Ella siempre volvía enamorada de un italiano y al final drama y lloros. Yo no quiero pasar por ello. Nunca me enamoraré en verano, me decía a mí misma”, apunta riendo.

Su pareja, José Manuel, es de Barcelona. Vivía en Hospitalet. Durante unos cinco años y medio la relación fue a distancia. Lo recuerda con una cierta melancolía, pero con mucha determinación: “Nos veíamos dos veces al año. Solo una vez hablamos por teléfono. No había móviles. Primero fueron cartas. La persona más deseada en la puerta de mi casa era el cartero. Luego llegó el mail”, explica. Pasaban los años y comenzaron a hablar del lugar donde vivir juntos. “Yo no lo veía a él en Polonia. Cultural y mentalmente, el clima, el idioma…”, me confiesa. Ewa estudiaba gestión del Patrimonio Cultural y cree que esos estudios le prepararon para el “salto”. Además, se reconoce como más “atrevida” y más “inconsciente”. Me cuenta que conoce muchas parejas mixtas de mujeres polacas que viven en la provincia de Tarragona. “Las mujeres son más valientes”, remata.

Primero, cambió de siglo en Barcelona. Y tras el cierre de 1999, llegó a Torredembarra. Los padres de su pareja tenían un apartamento. “Barcelona me gustaba, pero no para vivir”, cuenta. En Polonia, Ewa vivía en un pueblo sumergido en la espesura de un bosque. Hoy habla de Torre como quien explica los detalles de su hogar, de su refugio, de una suerte de santuario. Tras la pandemia del coronavirus, tomó la decisión de dedicarse a cosas que le gustaran. “Tener jefe me costaba”, dice. Aunque trabajó en empresas editoriales, hoy se dedica al turismo. Es guía de grupos de polacos que llegan a Barcelona, colabora con una agencia de Barcelona que organiza viajes para gente mayor por Europa y es directora de cuatro escuelas polacas en Cataluña. Barcelona, Tarragona, Girona y Gavà. Ewa es altamente dinámica y muy activa. Presidenta de la Asociación Cultural Escuela Polaca, es además coordinadora de proyectos Erasmus Plus.

Recuerda su primera sensación de Torredembarra. “Para mí, era todo exótico”, dice entre risas. Prosigue con su relato: “En Polonia vivía en una casa de guardabosques”. De Torre le encanta el clima, la calma y la paz. “Fue un amor a primera vista con la ciudad. Por un lado, es un pueblo costero. Me encuentro segura y está muy bien comunicado. No está lejos de Barcelona. Es verano incluso trabajo como guía en Barcelona”, comenta. Aficionada al trekking, explica que, saliendo de casa, en 15 minutos, se sumerge en la naturaleza. Pero hay más… en 700 metros llegó a la playa. “Mi jardín es mi lugar preferido. Allí nacen mis mejores ideas: Cuando cuido las plantas”.

Retoma los recuerdos polacos y me explica que sus padres son una familia tradicional. Según la tradición de su país natal, el hijo menor se quedaba con los padres. Y ella… es la menor de los 4 hermanos. “No me quedé y fue una decepción. Además de no casarme, mi pareja no hablará polaco”, cuenta. Una semana antes de viajar a Cataluña comunicó su decisión en el seno familiar. “Soy la más traviesa”, dice riendo. Su pareja, José Manuel, quiso ir en 1997, pero –según cuenta ella– era imposible presentarlo a su madre. “Alguna vez tuve que cambiar alguna traducción entre mi familia y mi pareja. No podía traducirlo todo”. Su madre –que murió en 2017– y sus hermanos nunca conocieron Torredembarra. Esto le apena más aún cuando explica que en verano su casa es como un hotel. Lectora apasionada, en castellano, catalán o polaco, le encanta la comida de nuevo hogar. Y ante la pregunta: ¿Cuál es la mejor época para vivir aquí?, responde con contundencia: “Me gusta todo el año en Torredembarra”. Y dice con felicidad que es una agradable sensación darte cuenta de que estás en el lugar que te gusta. Luego, remata su historia de amor cinco palabras: “Mi nacionalidad es 100% mediterránea”.

Tieb Boutalis

Uno más

Tieb Boutalis tiene 65 años y una vida dedicada al trabajo. Se acaba de jubilar. En Torredembarra, su comercio de “Tejidos La Torre” sigue abierto impulsando el legado de Tieb. En noviembre del 1978 llegó a España. Vino a buscando prosperidad y empleo. Llegó solo. Dejó atrás la bonita ciudad de Nador, a 15 kilómetros al sur de Melilla. Instalado en Cataluña, a Torre venía, primero, de vacaciones. Luego se instaló de forma indefinida. Consiguió un local. Abrió un negocio. Comenzó con su hermana un emprendimiento familiar de venta de tejidos, ropa de hombre, mujer, objetos del hogar… “Fui de los primeros marroquíes en llegar. Nos recibieron bien. Siempre hemos tenido un buen trato”, explica orgulloso. Feliz y arraigado no olvida sus orígenes. Lo que más extraña de Marruecos es la cultura, los paisajes de su infancia, la casa familiar. “Voy a menudo. Unas dos o tres veces al año”, añade. Ahora que se ha jubilado espera visitar más su país natal. Pero aquí tiene 5 hijos y 6 nietos. “En casa todos hablan catalán. Y yo además hablo rifteño”. Una vez al año, al menos, padres, hijos y nietos han viajado a Marruecos. “Esto es muy importante, pero también lo es que nuestro hogar está aquí, en Torredembarra”.

Explica con orgullo y con un relato plagado de detalles cómo es Torre. Me explica que el edificio del ayuntamiento fue antes un castillo, que cada martes un mercadillo de tenderetes coloridos y enseres variopintos tomas las calles del municipio, y que poseen una playa a la que llaman “la novia de Europa”. Su lugar preferido es la costa. “Me gusta el agua, las olas, la brisa marina. Nador también está cerca del mar. Aquí me siento como en casa. Como si estuviera en Marruecos. No veo la diferencia. Cuando me voy fuera y vuelvo a Torredembarra la sensación que tengo es la de haber vuelto a casa. Aquí lo he vivido todo”, comenta emocionado. Luego detalla que en su familia siempre han aprendido de los mayores. Y añade que el trabajo es la clave para llegar a los objetivos. “La gente nos conoce. Somos respetados. Somos trabajadores. Aquí me conoce todo el mundo. Estoy muy orgulloso de ser de aquí”, prosigue con sinceridad y emoción.

El trabajo ha sido el leitmotiv de su vida. Su abuelo fue jefe de las minas del Rift por 40 años. “En mi tiempo libre… siempre trabajo. Abrimos incluso los domingos por la mañana. Tengo clientes de Europa. El producto que más vendemos son chanclas, ropa deportiva, camisetas, toallas, sábanas, alfombras…”, relata. Reza los viernes y durante el Ramadán lo hace diariamente en alguna de las mezquitas del municipio. En verano reconoce que la alegría del paseo contagia a todo el lugar. Sin embargo, también disfruta de caminar en silencio. Su día comienza pronto. A las 6 de la mañana ya está en pie. Primero, reza. Luego, comienza a organizar, planificar, distribuir, poner orden… En Marruecos fue comerciante. Desde los 15 años trabajó. Trabajo, trabajo, trabajo. Siempre, el trabajo. Además, le encanta la cocina. “Muchos ratos los paso cocinando. Ayudo a mi mujer. Me gusta la paella y hago muy bien la haría [sopa típica del Magreb]”, comenta entre risas.

Su estación preferida es la primavera. Pero ninguna le disgusta. “No recuerdo ningún momento duro”. Luego guarda un silencio. Me cuenta que su padre y su madre estuvieron con él en Torre. “Ambos murieron aquí”, matiza. Su padre era albañil, su madre ama de casa. De ellos aprendió un consejo que ha transmitido a todos sus descendientes: siempre, por delante de todo, la honradez y el esfuerzo. ¿Definir en una palabra Torredembarra? “Hogar”. ¿Y definirte a ti en este municipio? “Solo soy uno más”.