Por: Constanza Cordovez, Miguel Changano, Rebeca Cervantes y Sandra López, alumnos del Máster en Periodismo de viajes presencial 2026
“Barcelona es una ciudad de espaldas al mar” era la sentencia social y política antes de los Juegos Olímpicos (1992), donde la ciudad vivió una profunda transformación urbanística redirigiendo su vida hacia sus costas, recuperando espacios marítimos de recreo y turismo de playas.
Antes era un puerto industrializado con condiciones de salubridad escasas, como relata la misteriosa y pálida mujer de Una flor del mal, de Miquel Molina, inspirada en la Madame Bovary de Flaubert: “Ni siquiera veo el mar, que me parece tan lejano aquí como en Lyon, pese a que puedo olerlo. Oigo el graznido de las gaviotas, siento que vienen de un mar remoto. En Barcelona, son las aguas negras del puerto”.
El Barrio Chino carga una herencia cultural canalla. Las Olimpiadas fueron el pivote para darle un giro urbano a la zona, que rediseñó el barrio del Raval con perspectiva histórica, remodelando edificios, creando centros culturales y museos icónicos para activar un polo cultural.
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