Sobre(vivir). Un viaje a todos los viajes no es únicamente un libro sobre lugares. Santiago Tejedor vuelve en sus páginas a caminos, encuentros e historias que había contado anteriormente y los contempla desde otro momento de su vida. Periodista, escritor y catedrático de Periodismo de la Universitat Autònoma de Barcelona, Tejedor ha convertido el viaje en una parte esencial de su manera de escribir, enseñar y entender el mundo. Después de décadas recorriendo territorios y formando a futuros periodistas, este libro propone algo diferente: detenerse. Regresar a lo vivido para preguntarse qué permanece después de un viaje, qué hemos aprendido y, quizá más importante, qué hemos tenido que desaprender. Entre memoria, crónica y reflexión, Sobre(vivir) termina hablando menos de destinos que de aquello que nos sucede mientras intentamos comprenderlos.
Sobre(vivir). Un viaje a todos los viajes es una colección de reflexiones recientes e historias previas que publicaste en otros libros. ¿Qué significó para ti revisitar esas historias y acompañarlas de nuevos textos?
Fue una forma de volver a viajar sin moverme. Y fue extraño, porque cuando regresas a un texto antiguo descubres que el lugar sigue siendo el mismo sobre el papel, pero tú ya no eres la misma persona que lo escribió. Me interesaba precisamente ese diálogo. No quería corregir al viajero que fui ni reescribir aquellas historias desde lo que sé ahora. Quería sentarme a su lado. Preguntarle por qué se fijó en aquello, por qué dejó fuera otras cosas, qué buscaba entonces y qué buscaría hoy. Al releer algunos textos descubrí detalles que había olvidado y, sobre todo, encontré significados que en el momento del viaje no había sabido reconocer. Creo que hay viajes que tardan años en terminar. Regresamos físicamente, pero algo de ellos continúa trabajando dentro de nosotros. También sentí que hoy los hubiera escrito de otra manera, desde otra mirada. Por eso Sobre(vivir) tiene para mí mucho de conversación entre diferentes momentos de una misma vida. Están los lugares, pero también están las distintas personas que fui cuando llegué a ellos.
En el libro mencionas más de una vez que viajar es una manera no solo de aprender, sino también de desaprender. ¿Qué desaprendiste en los viajes que relatas ahí?
Muchas certezas. Viajamos pensando que vamos a aprender cosas sobre otros lugares y otras personas, pero los viajes más interesantes son también aquellos que desmontan cosas que creíamos saber. He tenido que desaprender estereotipos sobre países, culturas y personas. Desaprender algunas ideas sobre el éxito, sobre el tiempo, sobre lo que necesitamos para vivir bien. Y también desaprender cierta arrogancia del viajero occidental que llega a un territorio convencido de que puede comprenderlo rápidamente. Viajar me ha enseñado que comprender requiere tiempo y que algunas cosas quizá nunca lleguemos a comprenderlas del todo. Por eso me gusta tanto el verbo desaprender. Aprender parece que consiste siempre en añadir cosas a nuestra mochila. Desaprender significa también sacar algunas. Y a veces viajamos demasiado cargados de certezas.
¿En qué momento consideras que el viaje deja de ser solo un desplazamiento geográfico y se convierte en una herramienta para entender la vida?
Cuando algo de lo que encuentras empieza a cuestionarte. Puedes llegar al otro extremo del planeta y limitarte a reproducir exactamente tus rutinas. Hacer fotografías, visitar monumentos, regresar al hotel. Has recorrido muchos kilómetros, pero quizá no has viajado demasiado. El viaje comienza realmente cuando aparece una pregunta que no tenías prevista. Una conversación que te incomoda. Una persona que desmonta una idea previa. Una manera diferente de entender el tiempo, la familia, la naturaleza, la muerte o la felicidad. Con los años, además, cada vez me interesan menos las listas de lugares visitados. No sé si importa demasiado cuántos países conocemos. Me interesa mucho más saber cuántas veces un lugar consiguió cambiarnos la mirada.
Al leer el libro, se aprecia una cocción lenta en tu escritura, se nota que te das el tiempo de pensar cómo contar cada lugar y de reflexionar sobre lo que ves. Es algo que, en mi opinión, cada vez se ve menos en el periodismo. En ese sentido, ¿cómo consideras que ha cambiado el periodismo de viajes con las redes sociales y la hiperexposición turística?
Ha cambiado muchísimo. Yo mismo estudié hace años las transformaciones del relato de viajes en la web social y hablaba entonces del «viaje 2.0». Aquello abrió posibilidades extraordinarias: nuevos formatos, nuevos narradores, interacción, multimedia, relatos en tiempo real. Pero también aparecieron algunas contradicciones. Hoy existe una enorme presión por contar mientras estamos viviendo. Llegamos a un lugar y casi inmediatamente sentimos la necesidad de fotografiarlo, grabarlo y publicarlo. A veces pienso que estamos contando el viaje antes de haber tenido tiempo de entenderlo. Las redes han democratizado el relato viajero, y eso me parece fantástico. El problema aparece cuando el destino se convierte únicamente en escenario para nuestra propia representación. Viajamos a determinados lugares porque ya sabemos qué fotografía queremos conseguir allí. El periodismo debería intentar hacer otra cosa. Llegar sin tener completamente decidida la historia. Perder tiempo. Hablar con la gente. Equivocarse. Volver a preguntar. Dejar incluso que una historia repose. Hay textos de Sobre(vivir) que necesitaban precisamente distancia. No todo tiene que publicarse inmediatamente. A veces hay que regresar de un viaje para empezar a comprender qué viaje hemos hecho.
Me llamó bastante la atención que en el libro mencionas que no pudiste contar Tijuana porque no encontraste el hilo conductor para narrarla. Después de haber hecho otros viajes y adquirir más experiencia en el campo, ¿volverías para intentarlo una vez más? ¿Qué harías diferente?
Volvería. Sin duda. David Jiménez me enseñó que es muy importante el volver. Yo pensé por años que no era así. El periodista iba y volvía. Lo contaba y fin. Pero estaba equivocado. Jiménez, gran maestro y amigo, me ayudó a entenderlo. Siempre que podamos hemos de regresar. En el caso de Tijuana, si regresara probablemente haría algo que entonces quizá me costaba más: aceptar que no encontrar una historia también forma parte del periodismo. Tenemos cierta obsesión por regresar siempre con algo. Como periodistas parece que tenemos que convertir necesariamente la experiencia en un relato. Tijuana me enseñó que a veces un lugar se resiste. Puedes tener personajes, escenas, notas, fotografías y, sin embargo, no encontrar aquello que las une. Si volviera ahora intentaría escuchar más y buscar menos. Caminaría sin obsesionarme inicialmente con encontrar ese hilo conductor. Quizá hablaría con personas diferentes, regresaría a determinados lugares y dejaría que Tijuana me propusiera la historia en lugar de intentar imponerle una. Y si tampoco apareciera, quizá esta vez sabría aceptar mejor el silencio. De todos modos, sí encontré una manera. Escribí de ese lugar a partir de sus taxistas y parece que fue bien porque hasta gané un premio con aquella historia.
¿Alguna vez has sentido que no debías contar algo que viste en tus viajes, ya sea por respeto, seguridad o alguna otra razón, y cómo se lidia con esa sensación?
Sí. Y creo que aprender a no contar también forma parte del oficio. El periodista tiene una responsabilidad enorme porque convierte la vida de otras personas en relatos públicos. Durante un viaje alguien puede abrirte su casa, confiarte una historia o permitirte acceder a un momento íntimo. Que tengamos esa información no significa automáticamente que tengamos derecho a utilizarla. Con los estudiantes trabajo mucho esta idea. Antes de fotografiar, preguntar. Antes de publicar, pensar. Y antes de convertir a alguien en personaje de nuestra historia, recordar que esa persona no existe para mejorar nuestro reportaje. ¿Sabes su nombre? Primero pregúntale su nombre. Luego, la fotografía o la inquietud periodística. Pero volviendo a la esencia: hay silencios que no son un fracaso periodístico. Son una forma de respeto.
Después de tantos destinos, ¿hay algún viaje que haya cambiado radicalmente tu forma de mirar el mundo?
Me cuesta muchísimo escoger uno. Y quizá esa dificultad contiene parte de la respuesta. Hay viajes que te cambian por el territorio, otros por las personas y algunos simplemente porque llegan en un momento determinado de tu vida. El mismo viaje realizado diez años antes o diez años después probablemente sería otro viaje. Las experiencias con comunidades indígenas me han hecho pensar mucho sobre nuestra relación con el territorio, el tiempo y la naturaleza. Otros viajes me han obligado a revisar ideas sobre pobreza, felicidad o desarrollo. Y viajar con estudiantes me ha enseñado algo distinto: observar un lugar a través de los ojos de alguien que lo descubre por primera vez te permite volver a descubrirlo. No tengo un único viaje iniciático. Tengo momentos dispersos por el mapa que todavía me acompañan.
Si tuvieras que quedarte con una sola lección de todos tus viajes, ¿cuál sería?
Que sabemos muy poco del otro. Y que precisamente por eso merece la pena salir a buscarlo. Muchos conflictos nacen de hablar de personas con las que nunca hemos hablado. Construimos categorías, etiquetas y prejuicios desde la distancia. El viaje, cuando está basado en el encuentro, rompe esa comodidad. He aprendido que preguntar suele ser más interesante que afirmar y que escuchar es una de las formas más profundas de viajar. Quizá esa sería la lección: acercarse al mundo con más curiosidad que certezas.
¿Qué viaje te queda pendiente por hacer y contar?
Muchísimos. Afortunadamente. Todos. Me preocuparía mucho despertarme un día pensando que ya no queda ningún lugar que quiera conocer. Pero cada vez entiendo menos esa pregunta en términos de destinos pendientes de una lista. Hay lugares a los que todavía quiero llegar, naturalmente, pero también quiero regresar a lugares en los que ya estuve. Volver es una forma fascinante de viajar porque permite comprobar que el territorio ha cambiado y que nosotros también. Y existe otro territorio que me interesa cada vez más: el viaje hacia las historias pequeñas. No hace falta necesariamente llegar al rincón más remoto del planeta. A veces la gran historia está muy cerca y simplemente no hemos aprendido todavía a verla.
Al ser una compilación de tus grandes viajes, el libro genera una sensación de cierre, de que te estás despidiendo de algo. ¿Para ti este libro es un final o un nuevo punto de partida?
Entiendo perfectamente esa sensación. También la tuve mientras lo preparaba. Reunir textos escritos en momentos diferentes, releerlos y acompañarlos de nuevas reflexiones tiene inevitablemente algo de balance. Pero no lo siento como una despedida. Quizá sí como el final de una determinada forma de viajar o, mejor dicho, como la constatación de que ya no viajo exactamente por las mismas razones que antes. Con los años me preocupa menos llegar y me interesa más comprender. Fotografío menos algunas cosas. Pregunto otras. Intento escuchar más. Y he descubierto el placer de regresar. El propio título juega con esa idea. Sobre(vivir) habla de viajar, pero inevitablemente termina hablando de vivir. Al reunir estos textos comprendí que los viajes que realmente importan no son necesariamente los más largos, los más lejanos ni los más espectaculares. Son aquellos que permanecen cuando ya hemos vuelto. Así que no lo considero un punto final. Tal vez sea una escala. Y las escalas, como sabe cualquier viajero, sirven para continuar el viaje desde otro lugar.








