Por: Olívia Máximo, alumna del Máster en Periodismo de Viajes presencial 2026
“La moneda es el objeto viajero por excelencia del mundo antiguo”
Alice Baeta, arqueóloga luso-brasileña, viaja entre países, museos y centros de investigación en busca de pequeñas piezas de metal que guardan historias mucho más grandes que su tamaño. En monedas antiguas, marcadas por rostros de emperadores y símbolos de poder, busca rastros de viajes olvidados: rutas comerciales, encuentros entre pueblos y caminos recorridos hace siglos. Al seguir estas pistas, su investigación también se transforma en un viaje por el mundo y por la historia.
Para quien nunca ha oído hablar del área, ¿qué es exactamente la numismática y por qué las monedas son tan importantes para comprender la historia de las sociedades?
La numismática es el estudio de cualquier material utilizado para realizar pagos. Normalmente pensamos en monedas, medallas, billetes o sellos, pero el campo también abarca formas anteriores al dinero metálico. Conchas, sal, ganado, marfil, huesos o
cualquier material utilizado como medio de intercambio puede ser objeto de estudio numismático.
Desde el punto de vista arqueológico, la moneda es uno de los materiales de producción en masa más abundantes que existen. Ofrecen diversos niveles de información: aspectos técnicos, económicos, artísticos e información social. Además, cuando se encuentran en excavaciones, permiten trazar hipótesis sobre flujos de personas y comercio.
Muchas personas imaginan la arqueología solo como excavaciones. ¿De qué forma las monedas ayudan a reconstruir viajes y rutas del pasado?
Las monedas son símbolos de estructura política y poder. Con frecuencia traen información sobre quién ordenó su producción y dónde fueron acuñadas. Estas dos pistas apuntan directamente a los centros de poder de una época determinada.
Cuando encontramos una moneda y logramos clasificarla, podemos determinar dónde fue producida. A partir de ahí comienza el trabajo de reconstruir el camino que pudo haber recorrido hasta llegar al lugar donde fue hallada. En mi maestría, por ejemplo, estudié un tesoro monetario escondido dentro de una pared en una estructura romana en Lamego, al norte de Portugal. Eran más de mil monedas guardadas por alguien, probablemente sus ahorros. Al clasificarlas, percibimos que procedían de diversas partes del imperio: de la actual Francia, Alemania, el norte de África y Turquía, lo que demuestra la conexión de la región con rutas comerciales tanto terrestres como marítimas.
Cuando una moneda aparece muy lejos del lugar donde fue acuñada, ¿qué puede revelar sobre las personas que la transportaron (comerciantes, viajeros o soldados)?
Esto depende mucho del contexto histórico. Una misma moneda pudo haber viajado de Italia a Portugal por diferentes motivos: en campañas militares, a través del comercio o acompañando a personas que migraron de un territorio a otro. Todas estas posibilidades son reales. Para entender cuál es la más probable, es necesario analizar la propia moneda, su contexto arqueológico y el periodo histórico en el que circuló.
¿Existe alguna moneda cuya trayectoria geográfica haya sido especialmente sorprendente?
Uno de los casos más impresionantes que conozco proviene de la arqueología subacuática y tiene que ver con el naufragio de la fragata española Nuestra Señora de las Mercedes, en 1804.
El barco regresaba del actual Perú transportando oro, monedas y otros productos coloniales hacia España. Cerca de la región entre el Algarve portugués y Cádiz, fue atacado por los ingleses y acabó hundiéndose. Solo en 2011 una expedición recuperó parte de la carga. Se recuperaron más de 550.000 monedas de plata y oro, unas catorce toneladas de material. Es un caso fascinante porque representa la producción monetaria en las colonias sudamericanas destinada a la metrópoli europea; monedas que nunca llegaron a su destino original.
Su trabajo implica muchos desplazamientos. ¿Cómo entran esos viajes en la construcción de su investigación?
Para mi doctorado, necesito estudiar monedas acuñadas en trece ciudades de la Península Ibérica durante el periodo de la República romana hasta el inicio del Imperio. Para ello, es necesario visitar colecciones en museos y proyectos arqueológicos. Ya he realizado más de veinte visitas a diferentes instituciones y analizado más de tres mil monedas.
También viajo bastante a congresos y encuentros científicos. Estos eventos son fundamentales para crear redes de colaboración entre investigadores y compartir datos. Además, siempre acaban siendo oportunidades para conocer nuevos lugares, a menudo guiada por colegas locales que muestran detalles de la ciudad que difícilmente aparecerían en una guía turística.

Al viajar, ¿cambia su mirada sobre las ciudades en relación con la de un turista común?
Sin duda. Cuando veo un monumento clásico, como el Coliseo, pienso inmediatamente en los métodos de construcción, el origen de los materiales e incluso en las vidas que se perdieron durante la obra. En los museos ocurre algo similar; al observar un vaso griego, puedo identificar detalles de la arcilla o el mito representado. Con las monedas es casi un juego: siempre intento identificarlas antes de leer la leyenda del museo.
Los acervos de monedas antiguas están repartidos por el mundo. ¿Esto obliga al investigador a seguir rutas similares a las de los objetos estudiados?
No siempre. La numismática surgió a partir del coleccionismo de los monarcas europeos en los siglos XVII y XVIII, lo que explica por qué las colecciones más grandes están hoy en capitales como Londres, París o Berlín. El British Museum posee más de un millón de piezas. Sin embargo, dependiendo del enfoque, los museos locales son vitales para entender la circulación regional. En mi investigación, he tenido que visitar tanto grandes instituciones como pequeños museos regionales; en cada viaje me siento un poco como una exploradora buscando las piezas de mi proyecto.
¿Existe algún lugar visitado por la investigación que haya transformado su forma de pensar la historia?
El año pasado tuve la oportunidad de pasar una semana en Túnez. Fue una experiencia muy enriquecedora. Túnez está a unos veinte minutos de Cartago, un lugar que siempre quise conocer. Fue emocionante visitar ese enclave tan importante de la historia mediterránea, marcado por las guerras púnicas y su posterior transformación en provincia romana. Otro punto destacado fue el Museo del Bardo; pasé horas observando mosaicos y monedas. Es uno de los museos más impresionantes que he visitado fuera de Europa.
¿En algún momento siente que está siguiendo las huellas de las propias monedas que estudia?
Totalmente. Siempre que analizo una moneda, intento imaginar el momento en que circulaba, las personas que la usaron y los productos que compraron. La numismática antigua es precisamente eso: intentar reconstruir la vida de un objeto. De cierta forma, cada moneda es una pequeña cápsula de viaje en el tiempo.
Si pudiese elegir una moneda para representar el mundo contemporáneo, ¿cuál sería?
Elegiría el as de caetra de Augusto, acuñado en el noroeste de la Península Ibérica al final de la conquista romana de la región. De un lado aparece el busto del emperador Augusto con símbolos de paz y victoria; en el otro está la caetra, un escudo utilizado por los pueblos locales. Es interesante porque representa a pueblos que resistieron mucho tiempo al dominio romano y cuya fuerza fue reconocida al incluir su símbolo en la moneda del imperio. Hoy, en un mundo marcado por conflictos constantes, esta moneda es una metáfora poderosa sobre la resistencia y el deseo de los pueblos de preservar su autonomía.
De Roma a Cartago, las monedas dibujan los caminos de nuestra propia historia. Concluimos nuestra charla con la arqueóloga Alice Baeta con la certeza de que viajar es, también, excavar el tiempo. ¿Quieres saber por dónde andan las próximas monedas y descubrimientos de Alice? Explora más sobre sus investigaciones y rutas aquí.








