Por: Jascha Winking, alumno del Máster en Periodismo de Viajes presencial 2025
Que las barcas pesqueras navegan por la mar en búsqueda de pescado es de público conocimiento, una obviedad. Lo que pasa cuando las barcas vuelvan al puerto de Barcelona es algo menos conocido, aunque en ese momento empieza todo un espectáculo: los marineros ordenan, entre gritos, ruidos y gemidos, el pescado en cajas, lo subastan entre docenas de trabajadores de restaurantes y vuelven al barco a hacer trabajos de reparación y limpieza. Es, un poco, el famoso trabajo detrás del trabajo.
En estas horas, la muerte está presente en cada momento: El pescado está recientemente asfixiado (también hay peces mutilados en el suelo y en las redes) y las gaviotas esperan su turno para robarse los desechos. A pesar de eso, se encuentra belleza, y mucha: las escamas brillan bajo el sol, las barcas son pintadas de todos los colores y los pescadores llevan tatuajes que cuentan sus vidas.
Para hacer mis fotos, un conocido patrón del puerto de Barcelona me abrió su puerta y me llevó a su barca, la Bonamar. Es, como todo el puerto, un lugar desconocido para la población general: la cofradía de los pescadores es recelosa y casi nunca muestra su trabajo al público.


















