Por: Aida Mokari, alumna del Máster en Periodismo de Viajes presencial 2025
Cuando llegué a Barcelona, lo primero con lo que me encontré fue la alegría; era un festival.
Había pasado solo un día desde mi llegada cuando me topé con una gran celebración en las calles de la ciudad. Pero esta celebración no era para los españoles, era para los chinos. Llegué a Barcelona justo un día antes del Año Nuevo chino, y al día siguiente, las calles estaban llenas de dragones danzantes, tambores, música, colores y emoción. Para mí, fue algo muy sorprendente y hermoso: España no solo celebra sus propias fiestas y festivales, sino que también hace espacio para otras culturas, y con los brazos abiertos acoge la alegría de los migrantes. Y no deja que sientas la tristeza, la soledad y la nostalgia tal como las siente un migrante en otro país.
Desde ese momento supe que Barcelona no es solo una ciudad, es un alma viva. Un alma que respira con baile, música y buen ánimo. Su ritmo fluye en las fiestas tradicionales catalanas, los festivales populares, los grupos de baile, las risas de los niños e incluso en el músico que, aunque solo, toca con pasión en la calle.
La huella de la alegría en Barcelona es real. Se puede seguir por toda la ciudad, desde la Plaza Catalunya hasta las playas de la Barceloneta. Esta alegría no es solo para la gente de aquí; da la bienvenida a todos. Una alegría que se ha arraigado en el alma colectiva de las personas, es contagiosa, y cuando la experimentas, quieres volver a esta ciudad una y otra vez.
Barcelona le debe su esencia a todos aquellos que le han dado vida con amor, arte y música, desde el ayuntamiento y los organizadores hasta los patrocinadores y el músico callejero.
Para mí, los ritmos de Barcelona no son solo sonidos o imágenes; son alegrías que me abrazaron desde el primer día.

















